
De chico me gustó cocinar. Recuerdo que cuando mi papá iba al balcón de nuestro antiguo departamento y prendía el fuego para el asado típico de domingos familiares, a mí me gustaba observarlo y de vez en cuando pasarle la sal, los cuchillos, tenedores, y la fuente para dejar la carne que posteriormente mi mamá cortaba y servía en los platos. De repente él cortaba un pedazo y me lo regalaba y comíamos los dos sin que nadie supiera. Al principio sólo me veía como un niño curioso, admirando lo que su padre hacía y orgulloso de aquello, ayudarlo en lo que más pudiera a mi corta edad (6 años). También recuerdo cuando yo mismo me preparaba mi leche, en ese entonces en polvo, y que yo con mucho cuidado trataba de echar el agua caliente y las cucharitas, como me gustaba cremosa, era mucha la leche que vertía en el líquido y feliz veía mis dibujos animados preferidos. Ya más grande, y porque mis papás trabajaban todo el día, a los 13 años más o menos, tuve un encuentro poco grato con la cocina de mi casa. Me tocó hacer fideos con salsa, y mal siguiendo las instrucciones de mi mamá, me quedó una mezcla de carne molida, cebolla cortada "generosamente" y nada más, sumado a que el casi litro de agua que le eché, le daba menos sabor a mi comida. Al final todos comieron, pero se rieron de mí. Ahora lo comprendo...
Sin embargo yo no quise quedarme ahí y comencé poco a poco a pedirle a mi mamá que me dejara cocinar cada vez que ella o mi papá no podían hacerlo. Encontré que era una buena manera de aprender a cocinar, pues de los errores se aprende. También mi hermana cocina muy bien y a ella la ayudaba a hacer Pie de Limón, panqueques y muchas otras cosas. Poco a poco descubrí que sentía placer haciendo eso, y mucho más al observar que la gente con cara de satisfacción te felicitaba por la comida...
...para seguir leyendo mi historia, no se pierdan el segundo capítulo...¡pronto!